La Concepción de la Historia y de las Ciencias Naturales en la Teoría de Edward H. Carr |
| by Pedro M. Rosario Barbosa*
En el capítulo 3 del libro
¿Qué es la historia?, Edward Carr trata los temas
de historia, ciencia y moralidad. Aquí
sólo trataremos el tema de la relación entre la
historia y las ciencias según desarrollada en ese
capítulo.
Carr comienza el capítulo
criticando a diversos pensadores que han concebido la historia a imagen
y semejanza de las ciencias naturales.
Específicamente menciona a algunos autores quienes hablan de
las “leyes de la historia” como si fueran leyes de
las ciencias (109-110). Él se refiere al prestigio
de las leyes científicas desde los tiempos de Newton y
Galileo, y hace referencia a la manera en que algunos historiadores
trataron de hablar de la “ley de la historia” de la
misma manera que las ciencias hablan de la “ley de la
evolución” (109-110).
Después de referirse al texto
de Henri Poincaré y su fabulosa obra Ciencia e
hipótesis y sus aserciones sobre la visión
convencionalista de las ciencias, Carr habla de la inducción
como una parte del método científico
(110-111). En un momento dado, dice Carr lo siguiente:
Es cosa
admitida que los científicos no hacen descubrimientos ni
adquieren nuevos conocimientos mediante el establecimiento de leyes
precisas y generales, sino mediante la enunciación de
hipótesis que abren el camino a nuevas investigaciones (110).
Más adelante menciona explícitamente
“el método científico” del
cual la inducción y la formulación de
hipótesis que luego de varias pruebas
(“test”) empíricas se pueden modificar,
refutar o aceptar (110-111).
Es bien importante hacer los siguientes
señalamientos para evaluar la apreciación de Carr
sobre la historia. En primer lugar, desde que Karl Popper
escribió su Lógica de la investigación
científica, y W. V. O. Quine escribió sus
“Dos dogmas del empirismo”, se ha puesto en duda
las dos conceptos que Carr asocia con la actividad
científica: el método
científico y la inducción. Desde las
críticas de Hume se sabe que no es lógicamente
posible derivar leyes universales a partir de experiencias
particulares. Popper fue más allá al
decir que la inducción no ocurre lógicamente ni
psicológicamente porque nuestra mente postula leyes y
conceptos para interpretar sensaciones. Los conceptos son
significaciones que asigna a ciertos objetos constituidos por la
conciencia cierto comportamiento universal. En segundo lugar,
hay que poner en duda la aserción de que existe algo
así como “el” método
científico. Recurrimos frecuentemente a lo que
hemos llamado la “visión high-school”
del método científico: comenzamos por
la observación, generalizamos, formulamos
hipótesis, si se confirma mucho experimentalmente se
convierte en teoría, y si sigue triunfando experimentalmente
se convierte en ley. Nada es más lejos de la
verdad. La ciencia, contrario a lo que afirma Carr en el
segmento que citamos, tiene que postular conceptos y leyes que le
permitan interpretar la experiencia. Nuestro acercamiento al
mundo es siempre conceptual, nunca se parte de la sensibilidad para
hacer ciencia, sino que este ámbito conceptual
está en un continuo “diálogo”
con la experiencia.
La historia definitivamente no es
ciencia natural, pero sí es ciencia en el sentido de que
provee conocimiento, y al igual que las ciencias naturales busca
explicar hechos históricos. Estas explicaciones
inevitablemente dependen de las concepciones que tenga el historiador
sobre cierto tema. Carr presenta el caso del debate sobre el
problema de si Rusia es un país europeo o no lo es
(113). Él critica la noción de que las
ciencias naturales se dedican a lo universal mientras que a la historia
lo más particular. Él afirma que ni la
historia ni las ciencias naturales usan leyes universales en el sentido
estricto. Esa afirmación es falsa.
Tomemos, por ejemplo, las tres leyes de movimiento de Newton, que son
literalmente universales, ocurren en todo momento y aplica a todos los
fenómenos físicos. Esto es cierto
sólo en las ciencias físicas, no en otras ramas
de las ciencias naturales, y, por supuesto, tampoco en el caso de la
historia. Los historiadores, por su uso de conceptos, tienen
que generalizar a la hora de ofrecer una explicación de los
hechos históricos, pero estas generalizaciones, como bien
indica Carr, no pueden ser consideradas leyes universales como en el
caso de las ciencias naturales (115-117). El
señalamiento de Carr de relacionar lo individual con lo
general (117-118) no dista mucho de la forma en que en las ciencias
naturales se relaciona lo universal (o lo general) con los
fenómenos particulares. En este sentido, las
ciencias naturales y la historia son bien cercanas.
También se puede ver en el
segundo punto que trata Carr una discusión paralela a la de
la filosofía de las ciencias. Carr correctamente
rechaza la aserción de que no podemos aprender nada de la
historia. Para él, el hecho de que siempre nos
fijamos en hechos observables es evidencia de que aprendemos de la
historia mediante el uso de generalizaciones (120-21). En la
filosofía de las ciencias ocurre eso mismo, porque algunos
filósofos y pensadores importantes como Thomas S. Kuhn y
Paul Fayerabend.ponen en tela de juicio nuestra capacidad de aprender
de los fenómenos y de las teorías
científicas en general. Sin embargo, nuestra
habilidad de poder formular teorías y leyes que tienen mucho
éxito explicativo, y que tienen gran poder de
predicción, pueden indicar un aumento de conocimiento
científico. De otra forma este éxito
sería totalmente inexplicable.
En cuanto a su tercer punto,
él trabaja muy bien el problema de las predicciones
históricas. Por su propia naturaleza la historia
no es como la física que formula leyes naturales por las que
podemos predecir ciertos fenómenos
específicos. Más bien, la historia
busca explicaciones a los hechos científicos, y cualquier
“predicción” aspira a ser una
predicción probable y a corto plazo+ en el
mejor de los
casos. La subjetividad humana y las decisiones de los seres
humanos, al igual que las serias limitaciones de
experimentación, conllevan la imposibilidad de estipular
“leyes históricas” que sean capaces de
predecir lo que acontecerá específicamente
(121-122). Tal vez el ejemplo más claro de ello
sea el fracaso predictivo del materialismo histórico.
En su cuarto punto, Carr habla de la
forma en que se desarrollan las ciencias sociales y las ciencias
naturales. Para tratar el punto se compara constantemente los
descubrimientos de la física moderna que tienen que ver con
la física cuántica y las ciencias
sociales. Hace alusión al principio de la
indeterminación de Heisenberg y la influencia del
“observador” sobre los cuantos. Esto
supuestamente elimina la dicotomía entre “el
observador” y “lo observado”, hay una
interdependencia entre ambos (125-126). Carr lo compara con
las ciencias sociales y la influencia del científico social
sobre el objeto de su estudio, ya que para él no existe un
“divorcio” entre el científico social y
lo que éste estudia (127). Él reconoce
que esta analogía entre las ciencias naturales y las
ciencias sociales es “imperfecta” (126), pero que
revelan unas verdades. Sin embargo, hay que tener mucho
cuidado con esta analogía. Por ejemplo, no todos
los físicos ni los filósofos de las ciencias
aceptan con beneplácito la interpretación de
Copenhagen de la física cuántica.
También hay que tener en cuenta que la influencia del
“observador” tiene unos resultados bien
específicos que están fuera del control del
observador: por ejemplo, si un observador observa un cuanto,
éste se manifestará como partícula,
pero no se manifestará de otra forma que no sea
partícula aunque el observador desee otra cosa. El
resultado objetivo siempre es el mismo. Además,
como argumentan algunos científicos, sería
absurdo suponer que el universo existiera antes de que surgieran los
seres humanos para observarlo, lo que obviamente implica una
independencia ontológica de los objetos físicos
con respecto al observador. Carr no supone un subjetivismo
absoluto de las ciencias sociales, sino más bien que existe
un “diálogo” entre el sujeto y el objeto
(127-128). Sin embargo, este
“diálogo” es bien distinto al del
“observador” y lo “observado”
en la física cuántica. Esta
analogía de Carr parece un poco traída por los
pelos. El diálogo del científico social
con su objeto de estudio es más parecido en este caso al
diálogo del científico natural con lo que
éste estudia.
Como hemos visto, toda esta
discusión que desarrolla Edward Carr en
¿Qué es la historia? plantea uno de los problemas
más importantes en filosofía de la historia y es
la relación entre la historia con las ciencias
naturales. Él ve la relación cercana de
ambas disciplinas, y plantea unas preguntas sobre la cientificidad y
objetividad tanto de la historia como de las ciencias
sociales. De esta forma él contribuye a responder
la pregunta “¿Qué es la
historia?” al querer estipular la existencia y la importancia
de lo objetivo y lo subjetivo en la historia. Sin tener en
cuenta este diálogo entre ambos se desprecia un aspecto bien
importante para la búsqueda de dicha respuesta.
Obra Citada
Carr, Edward H. ¿Qué
es la historia? 1983.
Barcelona:
Editorial Ariel, 1999.
Endnote+
Carr se equivoca cuando
afirma que los científicos ya no se entusiasman de hablar de
leyes de la naturaleza. Los ejemplos que ofrece Carr (la
manzana
que no cae porque es recogida por alguien, entre otros ejemplos), son
caricaturas de lo que quieren decir los científicos con la
frase
"leyes naturales" (119-20). Lo que postulan los
científicos es que dadas
ciertas condiciones, un fenómeno tiene que ocurrir
como resultado de dichas condiciones según lo estipulan
las leyes de la naturaleza. [Regresar a Texto]
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